Cuando las
paredes hablan
Si un día algo
te hace mirar dos veces las marcas dejadas por el tiempo en la fachada
antigua
de una casa. O si reparás en las columnas majestuosas de un
edificio, es porque
Berlín ha sido todo y más de lo que te imaginás.
Ha conocido todas las glorias
y todas las derrotas. Como capas de pintura, como afiches pegados unos
sobre
otros sobre un poste de luz, cada historia de Berlín, es un
plano superpuesto.
Los nuevos no han eliminado a los anteriores, están todos
ahí, unos sobre otros.
En un lugar así, las paredes hablan. Sólo hay que prestar
atención.
Hace
un tiempo, a penas
llegada a Berlín, nos invitaron a una fiesta en la
Stresemannstraße, en
Kreuzberg, cerca de Potsdamer Platz. Dos cosas nos llamaron la
atención en el
edificio. Lo primera fue que la casa tenía en el timbre el
nombre WG2000 (WG - Wohnungsgemainschaft:
piso compartido). Lo segundo fue la
imponencia de ese portal escoltado por columnas, los pisos de tablero
de
ajedrez, las escaleras de mármol negro y las barandas finamente
labradas.
En la casa, la fiesta se
llenó de gente tan variopinta como los siete anfitriones de la WG2000.
Adentro habíamos observado también las molduras en los
techos y la enormidad de
esa casa que parecía haber vivido épocas mejores, de
gloria. Las respuestas
llegaron enseguida: allí había vivido el Ministro de
Asuntos Exteriores de
Hitler. ¿Qué macabros asuntos se habrían tratado
allí?
Quisimos
investigar el
asunto de la casa de la Stresemannstraße. Concertamos una
entrevista con el
anfitrión y con el dueño de la casa, Rüdiger
Timermann. Ya teníamos el nombre
clave: Ribbentrop. Ese era el apellido del ministro nazi que
había vivido en la
casa.
Antes
de la entrevista,
leimos que Joachim von Ribbentrop había estado casado con la
hija de un rico
productor alemán de champaña y se había convertido
en un importante exportador
de este producto. Al parecer, tenía diferentes clientes,
principalmente
banqueros judíos, sin embargo él no observaba sus
orígenes ni creencias. Pero
en 1932 Ribbentrop se unió al partido nazi, y se
convirtió en fanático
antisemitista declarado. Gracias a sus conocimientos del extranjero y
su
constante servilismo y adulación, pasó a ser el consejero
favorito de Hitler, y
más tarde su Ministro de Asuntos Exteriores. Su posición
favorable a la guerra,
su agresividad y arrogancia, significaron una radicalización de
la política
exterior de Alemania y nuevos enemigos personales.
Su
“gran logro” fue el
Pacto de no agresión soviético-germano, el Molotov-Ribbentrop
Pakt de
1939 en Moscú, que le permitió a Hitler atacar Polonia
con el método Blitzkrieg
(guerra relámpago) sin miedo a contraataques por parte de la
Unión Soviética.
Pero a medida que se desarrollaba la guerra, Ribbentrop había
ido perdiendo
influencia. En 1946, sus últimas e irónicas palabras
antes de ser colgado, como
resultado de su enjuiciamiento en Nürenberg fueron: "Yo deseo paz
en el
mundo."
Este personaje había
vivido en la casa donde ahora eran compañeros de piso tres
alemanes, un
americano, una austríaca, una francesa y un vasco. En una casa
ahora llena de
tertulias ruidosas y multiculturales.
Al
reunirnos con el
dueño, Ribbentrop dejó de ser el personaje estrella
de la historia. La
casa resultó tener 129 años y más anécdotas
que ninguna en la manzana, entre
otras cosas, porque fue una de las pocas en la zona en sobrevivir a los
avatares de la guerra, la economía y el tiempo. En esta casa
puede resumirse la
historia reciente de Berlín.
Fue
construida en 1878,
cuando aún la calle Stresemann, lejos de ser calle, y mucho
antes de llamarse Königgrätzer
Straße, Saarlandstraße, Stresemannstraße, otra vez
Saarlandstraße y de nuevo Stresemannstraße, era un
canal de agua.
La vivienda completa fue
habitada antes de la primera guerra mundial por un tío abuelo de
Timermann, un
militar del ejército Pruso. Debido a la necesidad de viviendas
después de la
guerra, se la dividió, convirtiéndose en la
pensión para hombres manejada por
la anciana Mietze Loth. Efectivamente en este período, los
años ´20, albergó a
un comerciante que viajaba mucho al exterior y que más tarde
sería ministro de
Hitler. Ya en sus épocas de alto funcionario, el hombre
había vuelto a la casa
a degustar las riquísimas tartas de la anciana.
En
un par de
oportunidades, según contó Timerman, su mamá tuvo el triste honor de compartir café y torta con
el importante invitado, no sin antes
vestir sus guantes blancos. Años más tarde, habiendo
perdido a su otro hijo en
la guerra, dijo: ”Si hubiera sabido quién era, le hubiera
clavado el tenedor
por la espalda”.
Quizás el eje en la
historia de la casa sea el de haber resistido, no sin daños, a
bombas que
destruyeron por completo todas las casas colindantes, y a las
constantes
amenazas y ataques de los inversores inmobiliarios para derrumbarla y
hacer un
complejo comercial. Pero igualmente interesante, es el período
en que la habitó
la señora Schukowsky, una especie de Schlinder femenina,
perteneciente al
partido comunista, que en los ´40 albergó a perseguidos y
les ayudó a escapar.
Su hijo, un oficial de las SS, cada vez que volvía del trabajo,
jugaba a las
cartas y se emborrachaba con los refugiados y, siempre y cuando
estuviera
sobrio, mantenía alejados a los escuadrones de control que se
acercaban.
Otra
anécdota, es la del
paracaidista americano que en pleno bombardeo cayó malherido en
el patio
trasero de la casa y fue ajusticiado por los vecinos, que lo colgaron
del
balcón donde ahora duerme la inquilina francesa. Igualmente
interesante es el mérito
de la vivienda de ser una WG desde 1981, habiendo albergado
desde
jugadores del Germania88, el equipo de fútbol más antiguo
de Alemania, hasta ex
convictos en etapa de reinserción social, a modo de proyecto
social
desarrollado por el propio Rüdiger Timermann.
Ninguna de las historias
de la casa opaca a la anterior. Todas se mantienen en un mismo plano,
hablando
de los miles contrastes y contradicciones de esta ciudad, o del ser
humano
mismo. De nuestras mil y una posibilidades de reinventarnos. Cuando
estuvimos
en allí por última vez, las paredes nos hablaron una vez
más. “Nuestra mejor
época es ahora”, dijeron.
Mariángeles
Aguirre para Hola Berlin