berlinorama


 







Mayo 2008

Cuando las paredes hablan

Si un día algo te hace mirar dos veces las marcas dejadas por el tiempo en la fachada antigua de una casa. O si reparás en las columnas majestuosas de un edificio, es porque Berlín ha sido todo y más de lo que te imaginás. Ha conocido todas las glorias y todas las derrotas. Como capas de pintura, como afiches pegados unos sobre otros sobre un poste de luz, cada historia de Berlín, es un plano superpuesto. Los nuevos no han eliminado a los anteriores, están todos ahí, unos sobre otros. En un lugar así, las paredes hablan. Sólo hay que prestar atención.

 Hace un tiempo, a penas llegada a Berlín, nos invitaron a una fiesta en la Stresemannstraße, en Kreuzberg, cerca de Potsdamer Platz. Dos cosas nos llamaron la atención en el edificio. Lo primera fue que la casa tenía en el timbre el nombre WG2000 (WG - Wohnungsgemainschaft: piso compartido). Lo segundo fue la imponencia de ese portal escoltado por columnas, los pisos de tablero de ajedrez, las escaleras de mármol negro y las barandas finamente labradas.
En la casa, la fiesta se llenó de gente tan variopinta como los siete anfitriones de la WG2000. Adentro habíamos observado también las molduras en los techos y la enormidad de esa casa que parecía haber vivido épocas mejores, de gloria. Las respuestas llegaron enseguida: allí había vivido el Ministro de Asuntos Exteriores de Hitler. ¿Qué macabros asuntos se habrían tratado allí?

 Quisimos investigar el asunto de la casa de la Stresemannstraße. Concertamos una entrevista con el anfitrión y con el dueño de la casa, Rüdiger Timermann. Ya teníamos el nombre clave: Ribbentrop. Ese era el apellido del ministro nazi que había vivido en la casa.

Antes de la entrevista, leimos que Joachim von Ribbentrop había estado casado con la hija de un rico productor alemán de champaña y se había convertido en un importante exportador de este producto. Al parecer, tenía diferentes clientes, principalmente banqueros judíos, sin embargo él no observaba sus orígenes ni creencias. Pero en 1932 Ribbentrop se unió al partido nazi, y se convirtió en fanático antisemitista declarado. Gracias a sus conocimientos del extranjero y su constante servilismo y adulación, pasó a ser el consejero favorito de Hitler, y más tarde su Ministro de Asuntos Exteriores. Su posición favorable a la guerra, su agresividad y arrogancia, significaron una radicalización de la política exterior de Alemania y nuevos enemigos personales. 

Su “gran logro” fue el Pacto de no agresión soviético-germano, el Molotov-Ribbentrop Pakt de 1939 en Moscú, que le permitió a Hitler atacar Polonia con el método Blitzkrieg (guerra relámpago) sin miedo a contraataques por parte de la Unión Soviética. Pero a medida que se desarrollaba la guerra, Ribbentrop había ido perdiendo influencia. En 1946, sus últimas e irónicas palabras antes de ser colgado, como resultado de su enjuiciamiento en Nürenberg fueron: "Yo deseo paz en el mundo."
Este personaje había vivido en la casa donde ahora eran compañeros de piso tres alemanes, un americano, una austríaca, una francesa y un vasco. En una casa ahora llena de tertulias ruidosas y multiculturales.

 Al reunirnos con el dueño, Ribbentrop dejó de ser el personaje estrella de la historia. La casa resultó tener 129 años y más anécdotas que ninguna en la manzana, entre otras cosas, porque fue una de las pocas en la zona en sobrevivir a los avatares de la guerra, la economía y el tiempo. En esta casa puede resumirse la historia reciente de Berlín.

Fue construida en 1878, cuando aún la calle Stresemann, lejos de ser calle, y mucho antes de llamarse Königgrätzer Straße, Saarlandstraße, Stresemannstraße, otra vez Saarlandstraße y de nuevo Stresemannstraße, era un canal de agua.
La vivienda completa fue habitada antes de la primera guerra mundial por un tío abuelo de Timermann, un militar del ejército Pruso. Debido a la necesidad de viviendas después de la guerra, se la dividió, convirtiéndose en la pensión para hombres manejada por la anciana Mietze Loth. Efectivamente en este período, los años ´20, albergó a un comerciante que viajaba mucho al exterior y que más tarde sería ministro de Hitler. Ya en sus épocas de alto funcionario, el hombre había vuelto a la casa a degustar las riquísimas tartas de la anciana.

En un par de oportunidades, según contó Timerman, su mamá tuvo el triste honor de compartir café y torta con el importante invitado, no sin antes vestir sus guantes blancos. Años más tarde, habiendo perdido a su otro hijo en la guerra, dijo: ”Si hubiera sabido quién era, le hubiera clavado el tenedor por la espalda”.
Quizás el eje en la historia de la casa sea el de haber resistido, no sin daños, a bombas que destruyeron por completo todas las casas colindantes, y a las constantes amenazas y ataques de los inversores inmobiliarios para derrumbarla y hacer un complejo comercial. Pero igualmente interesante, es el período en que la habitó la señora Schukowsky, una especie de Schlinder femenina, perteneciente al partido comunista, que en los ´40 albergó a perseguidos y les ayudó a escapar. Su hijo, un oficial de las SS, cada vez que volvía del trabajo, jugaba a las cartas y se emborrachaba con los refugiados y, siempre y cuando estuviera sobrio, mantenía alejados a los escuadrones de control que se acercaban.

Otra anécdota, es la del paracaidista americano que en pleno bombardeo cayó malherido en el patio trasero de la casa y fue ajusticiado por los vecinos, que lo colgaron del balcón donde ahora duerme la inquilina francesa. Igualmente interesante es el mérito de la vivienda de ser una WG desde 1981, habiendo albergado desde jugadores del Germania88, el equipo de fútbol más antiguo de Alemania, hasta ex convictos en etapa de reinserción social, a modo de proyecto social desarrollado por el propio Rüdiger Timermann.
Ninguna de las historias de la casa opaca a la anterior. Todas se mantienen en un mismo plano, hablando de los miles contrastes y contradicciones de esta ciudad, o del ser humano mismo. De nuestras mil y una posibilidades de reinventarnos. Cuando estuvimos en allí por última vez, las paredes nos hablaron una vez más. “Nuestra mejor época es ahora”, dijeron.

Mariángeles Aguirre para Hola Berlin

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