berlinorama



Noviembre de 2009

Muros y vacíos de Berlín

Cuando paso una y otra vez al lado de esa muralla terrible convertida en un gigante amaestrado, sin dientes ni garras, y voy caminando en companía de los que vienen a verla porque tampoco entienden y no pueden creer que ahí estuviera como estuvo, 28 largos años, me hago (nos hacemos?) muchas preguntas.
Las preguntas no salen en forma de palabras, es más bien una cuestión visceral, un nudo en el estómago que no sabe hablar.

Yo, la guía, ellos, los turistas. Yo la amiga, la hija, la hermana, anfitriona en Berlín, y ellos que visitan esta inabarcable ciudad de contrastes, grafitis e histórica irracionalidad, todos nos miramos de reojo, somos cómplices en el no enteder cómo pudo....pudo?


Pudo una pared de miserables 3,60mt de altura y 155km de largo detener sentimientos, contener emociones, reprimir acciones durante casi 30 años?,

pudo (podría otra vez) una masa de materia inerte detener al deseo humano?,
puede frenar músculos, reprimir cuerpos, detener al desenfreno?, puede la inercia contra la inquietud, lo estático contra el movimiento?, puede el vacío acallar la palabra, la música, apagar la curiosidad?

Pudo... al menos durante casi 30 años. Al menos aquí.


Yo les cuento a los que visitan la ciudad todo aquello que he aprendido de libros y artículos y documentales. Todo aquello que sucedió en Berlín cuando muchos de nosotros aún no habíamos nacido o cuando ya teníamos algunos años y no entendíamos bien de qué se trataba la política o la guerra.

Entre paréntesis, esas dos cosas sigo sin entender muy bien. No logro más que simplificarlas a un punto que casi me da vergüenza plantearlo.

En fin, yo les cuento y ellos creen entender. Yo a veces lo creo también.


Veo el Muro, que se escribe ahora con mayúsculas porque es Monumento Histórico Protegido, y el búnker, que se escribirá siempre con minúsculas, y los cementerios sin tumbas, y las tumbas simuladas y los edificios con marcas de balas casi cada día de mi vida y creo entender algo del absurdo y lo irónico de todo esto que ahora para colmo es un show turístico con 97.205 camas de hotel.


Berlín es una ciudad que a uno lo atrapa, lo supera y lo desafía. No es fácil para ellos ni para mí entender al nivel de torpe y destructiva obtinación al que puede llegar el ser humano.

Será quizás porque casi todos los que encuentro en mi camino y me piden que les cuente y les explique y les muestre dónde sucedieron exactamente los destinos de esta ciudad, piensan, (menos mal) como yo, que el hombre es un ser esencialmente inteligente, constructivo, con capacidad de aprender y evolucionar.


Y es que en Berlín encuentra uno muchas evidencias en contra, y no hace falta buscarlas mucho.

Este es un país que ha vivido siempre implementando el control y el control genera muchos inconvenientes, genera situaciones dificultosas y absurdas que llevan incluso a la muerte de gente inocente si se lo practica al nivel extremo que en Alemania se lo ha practicado en sucesivas dictaduras.


Vivir en esta ciudad es algo que me ha traído la tristeza del eterno cielo gris, la nostalgia por mis raíces tan lejanas, mi gente en Argentina, pero también muchas alegrías y momentos de emoción, diversión, lágrimas y piel de gallina. Qué más puedo pedir?

Tengo el honor y la tarea de revivir cada día la historia, contársela a otros, y es también una responsabilidad enorme.
Siento que tengo que trabajar mucho más para estar a la altura de las circunstancias. Seguiré aprendiendo y tratando de hacer entender.
Seguiré tratando de entender.


Por lo pronto, si bien no estuve aquí en noviembre del '89, estoy aquí ahora, y junto con amigos y colegas pintamos nuestro bloque artificial del Muro de Berlín en el marco de los festejos por el Aniversario número 20 y la Acción Dominó (Dominoaktion) que se hará el lunes 9 de noviembre (2009) frente a la Puerta de Brandenburgo.

Nuestro bloque ahora nos espera allí para que lo empujemos y hagamos caer el muro una vez más, como hace 20 años lo hicieron hombres y mujeres que querían ser libres para elegir por sí mismos lo mejor para ellos.


W
eb oficial del evento (en alemán e inglés):
www.mauerfall09.de/en/home.html

Mariángeles Aguirre para HOLABERLIN





Mayo 2008

Cuando las paredes hablan

Si un día algo te hace mirar dos veces las marcas dejadas por el tiempo en la fachada antigua de una casa. O si reparás en las columnas majestuosas de un edificio, es porque Berlín ha sido todo y más de lo que te imaginás. Ha conocido todas las glorias y todas las derrotas. Como capas de pintura, como afiches pegados unos sobre otros sobre un poste de luz, cada historia de Berlín, es un plano superpuesto. Los nuevos no han eliminado a los anteriores, están todos ahí, unos sobre otros. En un lugar así, las paredes hablan. Sólo hay que prestar atención.

  Hace un tiempo, a penas llegada a Berlín, nos invitaron a una fiesta en la Stresemannstraße, en Kreuzberg, cerca de Potsdamer Platz. Dos cosas nos llamaron la atención en el edificio. Lo primera fue que la casa tenía en el timbre el nombre WG2000 (WG - Wohnungsgemainschaft: piso compartido). Lo segundo fue la imponencia de ese portal escoltado por columnas, los pisos de tablero de ajedrez, las escaleras de mármol negro y las barandas finamente labradas.
En la casa, la fiesta se llenó de gente tan variopinta como los siete anfitriones de la WG2000. Adentro habíamos observado también las molduras en los techos y la enormidad de esa casa que parecía haber vivido épocas mejores, de gloria. Las respuestas llegaron enseguida: allí había vivido el Ministro de Asuntos Exteriores de Hitler. ¿Qué macabros asuntos se habrían tratado allí?

  Quisimos investigar el asunto de la casa de la Stresemannstraße. Concertamos una entrevista con el anfitrión y con el dueño de la casa, Rüdiger Timermann. Ya teníamos el nombre clave: Ribbentrop. Ese era el apellido del ministro nazi que había vivido en la casa.

Antes de la entrevista, leimos que Joachim von Ribbentrop había estado casado con la hija de un rico productor alemán de champaña y se había convertido en un importante exportador de este producto. Al parecer, tenía diferentes clientes, principalmente banqueros judíos, sin embargo él no observaba sus orígenes ni creencias. Pero en 1932 Ribbentrop se unió al partido nazi, y se convirtió en fanático antisemitista declarado. Gracias a sus conocimientos del extranjero y su constante servilismo y adulación, pasó a ser el consejero favorito de Hitler, y más tarde su Ministro de Asuntos Exteriores. Su posición favorable a la guerra, su agresividad y arrogancia, significaron una radicalización de la política exterior de Alemania y nuevos enemigos personales. 

Su “gran logro” fue el Pacto de no agresión soviético-germano, el Molotov-Ribbentrop Pakt de 1939 en Moscú, que le permitió a Hitler atacar Polonia con el método Blitzkrieg (guerra relámpago) sin miedo a contraataques por parte de la Unión Soviética. Pero a medida que se desarrollaba la guerra, Ribbentrop había ido perdiendo influencia. En 1946, sus últimas e irónicas palabras antes de ser colgado, como resultado de su enjuiciamiento en Nürenberg fueron: "Yo deseo paz en el mundo."
Este personaje había vivido en la casa donde ahora eran compañeros de piso tres alemanes, un americano, una austríaca, una francesa y un vasco. En una casa ahora llena de tertulias ruidosas y multiculturales.

  Al reunirnos con el dueño, Ribbentrop dejó de ser el personaje estrella de la historia. La casa resultó tener 129 años y más anécdotas que ninguna en la manzana, entre otras cosas, porque fue una de las pocas en la zona en sobrevivir a los avatares de la guerra, la economía y el tiempo. En esta casa puede resumirse la historia reciente de Berlín.

Fue construida en 1878, cuando aún la calle Stresemann, lejos de ser calle, y mucho antes de llamarse Königgrätzer Straße, Saarlandstraße, Stresemannstraße, otra vez Saarlandstraße y de nuevo Stresemannstraße, era un canal de agua.
La vivienda completa fue habitada antes de la primera guerra mundial por un tío abuelo de Timermann, un militar del ejército Pruso. Debido a la necesidad de viviendas después de la guerra, se la dividió, convirtiéndose en la pensión para hombres manejada por la anciana Mietze Loth. Efectivamente en este período, los años ´20, albergó a un comerciante que viajaba mucho al exterior y que más tarde sería ministro de Hitler. Ya en sus épocas de alto funcionario, el hombre había vuelto a la casa a degustar las riquísimas tartas de la anciana.

En un par de oportunidades, según contó Timerman, su mamá tuvo el triste honor de compartir café y torta con el importante invitado, no sin antes vestir sus guantes blancos. Años más tarde, habiendo perdido a su otro hijo en la guerra, dijo: ”Si hubiera sabido quién era, le hubiera clavado el tenedor por la espalda”.
Quizás el eje en la historia de la casa sea el de haber resistido, no sin daños, a bombas que destruyeron por completo todas las casas colindantes, y a las constantes amenazas y ataques de los inversores inmobiliarios para derrumbarla y hacer un complejo comercial. Pero igualmente interesante, es el período en que la habitó la señora Schukowsky, una especie de Schlinder femenina, perteneciente al partido comunista, que en los ´40 albergó a perseguidos y les ayudó a escapar. Su hijo, un oficial de las SS, cada vez que volvía del trabajo, jugaba a las cartas y se emborrachaba con los refugiados y, siempre y cuando estuviera sobrio, mantenía alejados a los escuadrones de control que se acercaban.

Otra anécdota, es la del paracaidista americano que en pleno bombardeo cayó malherido en el patio trasero de la casa y fue ajusticiado por los vecinos, que lo colgaron del balcón donde ahora duerme la inquilina francesa. Igualmente interesante es el mérito de la vivienda de ser una WG desde 1981, habiendo albergado desde jugadores del Germania88, el equipo de fútbol más antiguo de Alemania, hasta ex convictos en etapa de reinserción social, a modo de proyecto social desarrollado por el propio Rüdiger Timermann.
Ninguna de las historias de la casa opaca a la anterior. Todas se mantienen en un mismo plano, hablando de los miles contrastes y contradicciones de esta ciudad, o del ser humano mismo. De nuestras mil y una posibilidades de reinventarnos. Cuando estuvimos en allí por última vez, las paredes nos hablaron una vez más. “Nuestra mejor época es ahora”, dijeron.

Mariángeles Aguirre para HOLABERLIN

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